TRASLADO

Por incapacidad constatable, en dominar las cualidades indudables de “blogsome”, me traslado a “YT final” de la Coctelera:
http://www.lacoctelera.com/imagina-ndo
Allí os espero para que podamos “escribir por el placer de decir”
Saludos

¿Es bueno pensar?

Pensar que estoy vivo, me conduce inexorablemente a pensar que me hago mayor y que un día me moriré.
Pensar que mañana será otro día, pero que será, seguramente otro día igual que hoy, igual que ayer, igual que todos los días pasados, me lleva (no te lo vas a creer) a “pensar” que de haber vivido sólo un día y asumiendo que todos los días son iguales, no necesitas vivir el resto ¡que descanso!
Pensar que, seas quién seas, eres una molécula de un ente absoluto. O quizás este ente absoluto, sólo es una molécula de otra entidad total, que a su vez puede ser……bla bla bla.
Pensar, que no deja de ser una seña de diferenciación con las otras especies animales, se convierte así en un arma de devaluación de la propia utilidad.
Pero no me hagáis caso, seguir con vuestra alta autoestima de especie fundamental en el devenir del Universo, de centro del porqué de todo, de ombligo interestelar y de niña bonita de vuestros falsos dioses.
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Aunque a veces disfruto el placer

Siempre estarás en mí pensar, éxito.
Nunca te olvidaré, triunfo.
Todos los días te tendré en mi magín, conquista.

Entre otras cosas porque un solitario éxito, un escueto triunfo y una sucinta conquista son difíciles de olvidar, por contra unos cientos de fracasos, unas decenas de derrotas y unos miles de descalabros, serían difícilmente evocables.

Aunque a veces disfruto el placer (¿) inconfesable, de regocijarme en la recapitulación de mis frustraciones, de mis amarguras, de mis depresiones, desparramando lágrimas sentidas, acompañadas de gritos desesperados, de lo que hubiera deseado y no fue.

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Nunca imaginé que pudiera vivir sin la luz

Siempre pensé que la luz era vida, que la oscuridad era frío y tristeza.
Nunca imaginé que pudiera vivir sin la luz, sin la claridad, sin los colores, pero esto es lo que me pasó.
Por un accidente de tráfico fortuito, perdí la vista, la capacidad de ver, me quedé a oscuras y sin ninguna posibilidad de recuperar el sentido perdido.
Cuando salí de la clínica donde me habían atendido, me pareció que entraba en un mundo de penumbras y misterios sin medida, que nacía de nuevo a otro universo desconocido y hostil.
Mi mujer que se había mantenido, en todo momento, fielmente a mi lado, me acompañaba cogiéndome amorosamente del brazo, aunque no podía disimular las interrogantes que este cambio drástico de nuestras vidas, iba a ocasionarnos.
Para mí aún era pronto para pensar en tal como se presentaba el futuro, ya que de momento la adecuación al nuevo estado y mis limitaciones, ocupaban todas mis capacidades de asimilación.
Cuando llegué a casa, insistí que me dejaran solo, para aprender cuanto antes, a manejarme sin ayuda, se me cayó el mundo encima por segunda vez después del accidente. Practiqué cien veces el caminar por el piso sin el nuevo bastón apéndice obligado de mi nuevo estado (quería crearme la sensación de ser independiente), pero sólo logré cansarme, llenarme de moretones y deprimirme más (luchar contra los estados depresivos frecuentes, descubrí que iba a ser, aparte de la pérdida de mi capacidad de visión, mi verdadera y gran dificultad).
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Perdonen la licencia; durante unos momentos he vivido (mentalmente) la situación de los invidentes y aunque sólo sea por un tiempo limitado, he de reconocer el enorme esfuerzo que representa vivir con una carencia importante, para ellos vaya mi homenaje.

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¡Y los sueños, sueños son!

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Si la vida es sueño, y yo sufro de mis sueños, que me queda…
En la ilusión por ser, gasté toda mi aspiración, no cosechando, en el entretanto, los frutos de lo usual.
Quién pudiera, en aras de la vida deleitar, controlar los sueños, para apacibles poderlos forjar.

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Mañana

Mañana podré sentarme en el parque y sonreírle al sol.
Mañana seré un pájaro en el firmamento.
Mañana podré cantar bajo la lluvia.
Mañana lanzaré una moneda al aire para decidir si voy o no voy.
Mañana curaré las heridas de mis amigos.
Mañana escribiré un libro, pintaré un cuadro.

Mañana……
….despierto y hay que seguir con el hoy.

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Tomé conciencia de que quería atropellarlo

Aquella mañana no parecía distinta a tantas otras, en las que salía a la calle sin ninguna predisposición en contra de nadie, pero parece que te des cuenta de que algo tiene que ocurrir.
Otras veces, después de coger el coche, ya me había ocurrido, pensar, hoy no va a ser un buen día. Al salir del aparcamiento, una motocicleta que hace una maniobra para eludir el morro de mi coche, una mirada iracunda, encuadrada en el hueco que le deja el casco. Dos calles más allá un conductor con prisas que me corta en mi trayectoria, porque una furgoneta de reparto se ha parado en doble fila para descargar, ahora soy yo que digo, grito, al ambiente vacío de mi coche, con verdadera ira no contenida.
No estaba demasiado airado, cuando llegando a un paso de peatones, aquel tipo chulesco, comenzó a pasar con aire cansino, sin prisas, mirando como me acercaba, no aminoré, más bien creo que aceleré, como había hecho tantas otras veces, pasar muy cerca del peatón, para devolverle lo que a mi me parecía una afrenta personal, pero en esta ocasión fui directo a él.
No es que calculara mal y le rozara, no, es que en décimas de segundo, tomé conciencia de que quería atropellarlo, matarlo, triturarlo.
Y así lo hice.
Cuando paré, y fui hacia el destrozado cuerpo del accidentado, (no estaba nervioso, ni me sentía culpable), me di cuenta de lo que un vehículo de mil quinientos kilos, le puede hacer a un cuerpo desprotegido.
La gente se arremolinaba, alrededor, yo no era muy consciente de lo que me decían; si que recuerdo algunos insultos y acusaciones.
Llegó la guardia urbana, alguien les había avisado, al poco llegó la ambulancia, atendieron al personaje chulesco; yo seguía pensando en él como el chulo que se había llevado su merecido.
Cuando cubrieron el cuerpo y le taparon la cara, para subirlo a la camilla y meterlo en la ambulancia, por primera vez en todo el proceso fui consciente de lo que había hecho y la conciencia de culpabilidad me violentó.
Me desperté alterado e inquieto, y poco a poco fui tranquilizándome al darme cuenta de que sólo había sido un sueño, muy real, pero sólo un sueño.
Luego me quedé con la pregunta sin respuesta de cómo había podído tener aquella sensación de satisfacción, hasta que la conciencia tomó cartas en el asunto.

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Cae la nieve

El baile con ella fue como una revelación, me sentí, posiblemente por primera vez, feliz con una chica. Hasta entonces todas mis relaciones con muchachas habían sido superficiales, buscando el contacto, tener algún tipo de relación física, que en la mayoría de ocasiones no lograba. Aquel domingo, cuando nos fuimos con los amigos de la pista de baile, yo iba eufórico, había tenido una relación ideal, de hecho sólo fue una pieza la que bailamos, pero fue, para mí, intensa, plena, la excitación me duró toda la noche y el día siguiente.

Durante ese día intente llamarla por teléfono a la peluquería que trabajaba, pero no logré comunicarme con ella, no hubo manera de que se pusiera al teléfono. Fui a esperarla a la salida del trabajo, pero no la vi. Durante toda la semana viví en un malvivir de ansiedad, por no poder verla, por no saber de ella. El fin de semana siguiente, arrastré a mis amigos a un baile de la ciudad cercana, donde ella me había dicho que iba cada domingo a bailar.

No sé porqué estaba tan seguro de que iba a verla, pero mi convicción era total, y mi felicidad estaba a punto de materializarse, con su presencia y su satisfacción por verme.

No apareció, no vino. En el tocadiscos estaba sonando “Cae la nieve” de Adamo. Esta melodía se me quedo gravada a fuego, como símbolo de amargura, de desengaño. La melancolía me embargó, durante toda la tarde, el día siguiente, las semanas, los meses, incluso años después, escuchar aquella canción y recordar aquella semana de efervescencia onírica, me renueva aquella sensación de la ilusión frustrada, aquel sentimiento de amargura latente.

El caso es que después de aquel domingo de ensueño truncado, no hice nada por volver a verla. Es posible que aquel día estuviera enferma, o que no hubiera podido ir por cualquier motivo, pero para mí fue como si hubiese mutado de persona a recuerdo nostálgico.

Claro que a los dieciséis años, las cosas tienen una proyección que nunca más se repiten.

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En un segundo, no fue más, me vi muerto

En un segundo, no fue más, me vi muerto
El humo nos avisó, la habitación, al abrir la puerta estalló en nuestra cara, las llamas y el humo habían invadido todo, entramos en la habitación para hacer algo, el foco del fuego estaba en la pared de detrás de la puerta, que mi hijo por cosas de sus gustos tenía forrada con corcho, en el suelo carpetas, cartulinas, etc.

Para trabajar mejor, cerré la puerta, seguimos con nuestros infructuosos esfuerzos, hasta que el humo que se acumulaba en la habitación (teníamos que caminar agachados), nos obligó a desistir.

Le dije a mi hijo

– Déjalo, salgamos.

Cogí el pomo de la puerta y tiré de él, la puerta no se movió, estaba como soldada.

En un segundo, no fue más, me vi muerto, ahogado por el humo que ya estaba a la altura de mis hombros, y no me pareció mal (¿).

Enrabietado di una patada a la puerta, creo que solamente, para descargar mi rabia, y la puerta al tirar del pomo se abrió, suavemente, como si estuviera recién engrasada.

Después, la ayuda de los vecinos, nuestros esfuerzos inútiles para … nada, los bomberos, la clínica desintoxicándonos, mi hijo tardó tres meses en recuperarse psicológicamente, perdimos una perrita de 15 años “Pruna”, que cuando salimos no nos acordamos de ella, debió creer que en su lugar de siempre, debajo de una mesa, estaría segura.

El seguro se hizo cargo y después de un tiempo, pudimos volver a nuestra casa y a la normalidad.

Sólo me quedó una pregunta sin respuesta lógica, ¿que ocurrió con la puerta?, como es que estando totalmente bloqueada, se abrió tan suavemente en cuestión de segundos.

Un amigo, experto en cosas del espíritu, me dijo algo sobre que se me concedía una segunda oportunidad. Yo que soy bastante descreído, entré en una dinámica de dudas y de querer entender, por ello hablaba siempre que había ocasión de ello.

Hasta que seis meses después, mi hijo, que estuvo un largo período de tiempo sin hablar, me oyó explicar a otros mis dudas sobre el porqué la puerta se había abierto y dijo:

- Pues está claro, porque abrí la ventana, para que saliera el humo.

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